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lunes, 18 de marzo de 2019

Un hueco que nada ni nadie llenará

Los años sin Miguel Ángel. 
Todo ha cambiado a nuestro alrededor. ETA ha dejado de encharcar con sangre la vida en el País Vasco, al menos de momento y por primera vez desde hace muchos años, más que los que tiene mi memoria, los vascos podemos mirar el futuro sin miedo.
Los ciudadanos honrados y de buena voluntad de nuestra querida Ermua, de toda Euskadi y del resto de España podemos caminar por las calles casi sin temor a que unos fanáticos, en nombre de unas ideas que al parecer no pueden imponer sin la fuerza bruta, siguen tus sueños, tus afanes, todo lo que cuesta tanto construir, con un solo gesto cómodo y cobarde de su violencia ciega.

Pero digo que todo ha cambiado a nuestro alrededor, y pienso que debería decir, casi todo, porque lo que nunca cambiará es lo principal: el hueco que Miguel Ángel ha dejado en nuestros corazones, tanto mayor cuanto más cercano nos era. Yo sé, lo sabemos todos los que queríamos a Miguel Ángel, que en el corazón de todos los habitantes decentes de este país hay un hueco para Miguel Ángel. Pero, como es lógico, solo los que además de un hueco en el corazón le teníamos reservado un hueco físico en la vida sabemos que ese hueco está vacío y siempre lo estará. Y que nada ni nadie lo puede llenar ni remediar.
 
Es verdad que nos consuela el cariño de nuestros vecinos, paisanos, de todos los españoles y que su solidaridad palia los momentos más terribles del dolor. Aunque el recuerdo del mar de manos blancas, el grito de rabia, de las campanas de toda España repicando al unísono y el recibimiento que nos hacen en todos sitios a los que éramos más cercanos a Miguel Ángel, nos impulsa a seguir viviendo. Para continuar haciendo vivo su recuerdo, el de un hombre bueno que, a costa de su sangre inocente, ha hecho posible la paz que vive en Euskadi en este segundo aniversario de su sacrificio. Es un ejemplo para todos que no se puede olvidar.
 
Bendito seas, Miguel Ángel
Junio de 1999
Marimar Blanco Garrido

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