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miércoles, 17 de mayo de 2023

Qué asesinos más generosos tiene el sanchismo

 
Qué generosidad. Qué grandeza de miras. Qué compromiso con la paz. Qué gesto de convivencia y reconciliación. Qué asesinos más desprendidos: primero descerrajan un tiro a un conductor de autobús, a una madre de familia o a un guardia civil, luego intentan convertirse en concejales del hijo del conductor, del hermano de la madre de familia y de la mujer del guardia civil y cuando el presidente felón del Gobierno de España que les ha blanqueado ve peligrar su campaña electoral, dan un paso atrás y acuden al rescate de su benefactor para no crear «zozobra».
El sanchismo ha generado dos tipos de ciudadanos: por un lado, los pobres matarifes que son obligados a abandonar sus inocentes derechos electorales y, después, los ciudadanos desaprensivos a los que repugnan los primeros y tienen la osadía de indignarse por el indecente Gobierno que los ampara. No hay derecho. Con lo buena que es Batasuna-ETA gracias a su legendaria vocación por la paz. El presidente del Gobierno ha escalado a la cima de la indecencia al elevarlos moralmente para que nos perdonen la vida ofreciéndoles la resolución del dilema entre las balas y la democracia. Son tan benéficos que han preferido la democracia, según la trompetería monclovita, aunque les prive de sus derechos a concurrir en las urnas.
Ayer, Pedro y Arnaldo escenificaron al alimón su agradecimiento a los siete sicarios de las pistolas (quedan 37 que fueron, si cabe, más cobardes y planificaron los crímenes), que no retiran sus nombres de las listas municipales pero prometen –con el crédito que han acumulado durante cincuenta años de bombas– que no tomarán posesión de sus escaños si son elegidos. Sánchez es muy sensible con los delicados corazones de los etarras. Igual da el pésame a Bildu por la muerte de un terrorista, que envía –Marlaska mediante– a sus presos cerca de casa, que se conmueve ante la sacrificada vida sin concejalías de esas pobres criaturas que todavía guardan pólvora en sus uñas de cuando disparaban en la nuca de los insensibles ciudadanos españoles.
Ayer Pedro, aliviado tras recoger el cable lanzado por Arnaldo una hora antes, protagonizó una de las intervenciones parlamentarias más mezquinas que se recuerdan. Retorció la historia, acudió veinte años después de aquella infamia al fantasma del 11-M, fue más cruel con Núñez Feijóo que con Txema Matanzas, adjudicó a su partido el fin de ETA cuando fue obra del Estado de derecho a veces contra la voluntad claudicante de Zapatero y Rubalcaba, y siguió sin contestar a la gran pregunta: ¿va a volver a pactar con Bildu?
«¿Cuántas veces quiere que se lo diga, tres, veinte veces?», espetó hace cuatro años en Pamplona. Con una sería suficiente, Su Sanchidad. Pero Pedro sabe que no solo tiene ligado su presente a los etarras, sino que en el futuro tendrá que atarse a ellos porque su base electoral será todavía más escuálida y su necesidad de que Bildu le apoye, primero en el Gobierno navarro y luego en su propia investidura, está cantada. Ciento cuarenta y cuatro años de historia del PSOE, como le recordó ayer el líder del PP, para acabar a disposición de unos asesinos. Ahora no solo debe a Bildu el Gobierno, sino su propia vida, porque le ha salvado de ahogarse en el fango. Con vida, pero en el fango sigue.

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